Buenas noches a todos.

Hoy es un día de esos que no se olvidan con facilidad. Un día que guardas para siempre en la retina de los ojos y que te gustaría poder seguir viéndolo cada día. Es mi 42 cumpleaños, y siento una mezcla de alegría y tristeza que me convierten en un auténtico oxímoron.

Por una parte me ha hecho muy feliz el tener aquí a mis hijos, aunque faltaron dos por diferentes motivos; mi marido se ha esmerado para que todo estuviera bien y no nos faltara de nada. Han venido dos de mis hermanos con sus mujeres (personas maravillosas que hacen que la vida sea mucho más sencilla) y la pareja de nuestra hija mayor. He recibido muchísimas felicitaciones de diversas maneras y me ha emocionado mucho que se acordaran de mi y que escribieran con tanto cariño algunas personas que son de esas de las que te llegan desde el principio. Mis otros dos hermanos también me han felicitado vía teléfono. Hemos compartido almuerzo, risas, juegos de cartas, etc. Pero también hemos compartido lágrimas, siempre mías. Lágrimas por no saber qué tipo de persona seré dentro de unos meses (físicamente hablando), lágrimas por ver a mis hijos y no saber qué les podré dar de mí dentro de un corto periodo de tiempo, lágrimas por ver a mi marido esperar que todo esto pase y haya una mejoría, en fin, lágrimas por el miedo y la incertidumbre que esta maldita enfermedad nos hace sentir a todos los que la padecemos. Miedo sí, aunque la gente nos haya conocido valientes y luchadores, ahora sentimos MIEDO. Un miedo irracional que nos bloquea casi tanto como la enfermedad. 

Sé que la gente que me quiere no se merece esto, pero ahora no puedo dar más de lo que doy, lo siento, normalmente soy bastante más generosa con la alegría y con el ánimo, pero ya dije que hoy era una de esos días que no se olvidan fácilmente.

Besos a quien me lee.