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Buenas noches:

No sabía si escribir hoy o no, pero creo que  me desahoga tanto que lo voy a hacer. Recuerdan que ayer les conté que si mi hijo quería irse a vivir con el padre y que la madurez me había hecho ver que tenía que darle tiempo y espacio para que tomara sus decisiones? Pues bien, gracias a todos/as por llamarme madraza, etc incluso a ti Iván Carrión por quitarte el sombrero con el frío que hace, pero para nada, hoy me he dado cuenta de que no es tan fácil.

Lo bueno que está teniendo esta etapa es que hablas más con tu hijo y puedes ser más sincera, algo que se consigue gracias a que él va sumando edad (si, y yo también, no me engaño) y a que las relaciones van cambiando, deja un poco de ser tu hijo para empezar a ser un ser cada vez mayor en al que te puedes apoyar y al que te puedes dirigir de otra manera.

Bien, dicho esto les contaré que nos pusimos a hablar después de almorzar y que salieron cosas muy interesantes. Por lo que él cuenta entiendo que es una cuestión de afinidad con su padre y una importante de comodidad y tranquilidad. Me emocionó porque me dijo que me amaba y que se sentía orgulloso de mi.

No crean que esto lo dijo desde el principio. Él siempre ha estado influenciado por lo que tienen los demás, las casas, los coches, el dinero, etc, algo en lo que yo ni me fijo y que además me importa bien poco. No son esos los valores que en esta casa se le trasmiten a nuestros hijos. Él siempre me ha recriminado que si yo no estudié lo que me gustaba u otra cosa fue porque no quería, que su padre sí lo había hecho y que vivía como -y cito textualmente- el puto amo. Yo nunca había querido entrar a explicarle nada de por qué no estudié lo que hubiera querido, y hoy le dije que no siempre las cosas eran lo que parecía. Al preguntarme por qué, me armé de valor y le expliqué que yo no había nacido en la misma cuna que su padre y puestos ya, decidí contarle en qué cuna nací, con qué condicionantes tuve que vivir y cuál fue mi principal atención a la hora de terminar mi carrera. También le expliqué que la mayoría de las personas que habían vivido como yo y que yo conocía, con esa infantopubertad (me acabo de inventar una palabra casi seguro), terminaron limpiando casas, colegios, siendo amas de casa, o incluso había alguna prostituta. No desmerezco el trabajo de nadie, sólo le explico que yo me esforcé para terminar una carrera en esas condiciones y cuidando a una madre -que también era mi mejor amiga-  que se moría y a un hermano pequeño.

Creo que debió pensarlo mucho, porque después de irse me mandó un whatssap deciéndome que me amaba y que estaba muy orgulloso de mi. Hay algo mejor que te pueda decir un hijo? Existe algo que te pueda llenar más que saber que tu hijo adolescente está siendo capaz de hablar contigo, escucharte, pensar en lo que le has dicho, reflexionar y mandarte ese mensaje?

Realmente creo que me puedo quedar en paz conmigo misma porque yo sé que el valor del amor al lujo y a mucho dinero no se lo he trasmitido yo, pero el valor del diálogo, de la reflexión, de la sinceridad, de abrirse a un ser querido en una edad complicada, de la justicia, de la igualdad, esos sí que han salido de mi cuna, porque jamás podré ser de otra manera.

Lo único que me molesta es no haber aprendido a camelarme más a la gente, así me hubiera casado con alguien de mucho dinero, los podría haber llevado de viaje, a cruceros, les podría haber comprado las mejores playeras, hubiera tenido una súper casa con habitaciones para cada uno y una vida social tan importante que cuando no estuviera de viaje o en la ópera o en las carrozas del carnaval, me quedaría en casa con ellos convenciéndolos de que lo mejor es vivir así, que puedo porque me he esforzado mucho y que los demás se podrían haber esforzado como yo. Que noooooooo, que no me molesta, que yo no soy así. Que no sé si al final el mundo o la vida serán justas o no, pero que prefiero ser como soy. Y según me dijo un gran amigo: “Eres honesta y sincera hasta dañar”(con el tiempo he aprendido algo a ser algo más suave), otra amiga me dijo: “lástima que no te dediques a enseñar, porque tú todo lo que haces, te empeñas en hacerlo bien” (así me salieron mis tres hijos, jijiji) Pero lo que más importancia tiene es lo que cada uno piensa de sí mismo, aunque pueda equivocarse algo, así que allá vamos:

Soy una fibromiálgica luchadora, libre, sincera (aunque algunos no lo crean, y más de algo tenía que haberme callado), honesta, leal, con mucha mala leche (ups perdón pero estudié frente a un colegio de pago), con cambios de humor, con mucha paciencia (pero si la pierdo no la vuelvo a recuperar), explosiva (nooooo, sólo a la hora de decir las cosas), clara, responsable (SOBRE TODO CON MIS HIJOS), con una gran sonrisa, ahorradora de tiempo (lo aprendí de pequeña, si hago las cosas rápido, ahorro tiempo y puedo descansar más) perfeccionista, un desastre para organizar una casa aunque lo intento, defensora de mi familia incluyendo a mis tres hijos de cuatro patas (sí tres aunque seamos muchos en la familia. Tres porque yo quiero, porque mi marido me apoya y porque los adoro), amiga de dar pocas explicaciones pero de explicar mucho las cosas, muy amiga de mis amigos pero con el apego desorientado; y además ahora soy despistada, desorientada, medicada, ansiosa, llorona, y muchas cosas más con las que tengo que acostumbrarme a vivir.

Voy a terminar dando las gracias a todas las personas que me están ayudando (médicos, psicólogos, farmacéuticos, etc.

También le voy a dar hoy las gracias a Iraya Santana Domínguez. Tus palabras me llegaron mucho. Cuando esté preparada tomamos ese café.

Me despido con besos enormes y abrazos de algodón