La primera vez que lo vio le pareció taciturno y emblemático, pero con una voz que no pudo olvidar jamás. Siguió viéndolo en diferentes lugares del trabajo y cada vez que lo miraba encontraba algo nuevo que no había descubierto antes, no sabía si era porque él lo escondía o porque no se había fijado. El tiempo fue pasando entre tabaco y tabaco, y cada vez fueron acercándose más y más, porque los unía una forma de pensar, una admiración mutua que escondían al otro para ser prudentes con la vida que cada uno llevaba. 

Ella siguió escuchando su voz y con ella todo lo que él tenía que decirle, a veces incluso lo escuchaba en el silencio de su mirada pero no se atrevía a descifrar su mensaje. Con el tiempo, y cada vez más unidos y más cercanos, llegó la temible distancia, la frialdad de las emociones contenidas por la otra parte de la vida que en ese momento existía. La incomprensión se instaló entre los dos con el anhelo de que cayera el telón de acero en algún momento, porque además de su voz, ellos de una manera u otra se querían. Se querían en un secreto que no han sabido descifrar y de una manera que siempre les ha mantenido conectados. Es ese tipo de amor desinteresado que sigue esperando porque no era su momento, y si lo era no supieron aprovecharlo. Es ese amor que respeta y valora los silencios pero que añora la posibilidad de una charla tranquila en una cabaña y tomando chocolate caliente. Acercándose tanto que después de esa experiencia, no les pueda quedar dudas de cómo y cuánto se quieren y se echan de menos. 

Esa es la visión de ella que sigue amando su voz y añorándola a cada paso que da su vida. Será real o su mente le juega la mala pasada de no poder olvidar? Sigue escuchándolo, recordándolo, pero echa de menos vivirlo y disfrutarlo. Siempre se ha alegrado de su buena suerte y de la vida que ha decidido llevar y en silencio ha gritado su nombre por la falta de tiempo y el cariño escondido en una distancia maldita que no sabe cómo sortear.