Le pidió que no se comunicara y no lo ha hecho. Le pidió que le avisara al llegar a su destino y lo hizo. Le pidió que disfrutara y seguro que lo está haciendo. La vida te pone a veces en una tesitura que no sabes cómo abordar, te paralizas, lo intentas pensar pero te quedas en blanco, no sabes si es el momento, no quieres dañar, no quieres que te dañen, no sabes hasta dónde ni si quiera hasta cuándo, sobre todo sabiendo que “el horóscopo dice que muy poca paciencia”. 

Conoces a las personas cuando las tienes que conocer, pero te las reencuentras cuando las necesitas o te necesitan. La ironía de la vida es que cuando te las reencuentras, no siempre puedes darle, o pueden darte, todo lo que necesitan. Es realmente así o te las encuentras porque es el momento de darle o que te dé lo que deseaba? Somos las personas las que erramos pensando que sabemos más que el destino y por eso no seguimos lo que está escrito en algún “libro” imaginario? El reencuentro con alguien puede ser o desagradable, o muy desagradable, o agradable, o muy agradable, o absolutamente maravilloso. Si es positivo o negativo lo tendremos mucho más claro, ahora, el grado de positivo dependerá mucho de tus sentimientos hacia esa persona y de la realidad que en ese momento estés viviendo. 

El destino lo llevó a ella en forma de invitación a redes sociales que no utilizaba. Al comunicárselo fue como una conexión rápida y sorprendente después de tantos años. Los dos querían saber el uno del otro porque ya era hora de saldar algunas cuentas pasadas. Es cierto que el tiempo había hecho mella en sus nuevos cuerpos, en sus marcadas caras con las tan nombradas líneas de expresión, en sus cabellos plateados por algunas zonas que siempre quieres esconder al mundo. Es cierto habían madurado con el paso de los años, lo que no hizo más que dejar entrever que el interés del uno por el otro era absolutamente sincero. 

Paseaban charlando sobre la vida, sobre cómo les había ido en ella. Era ameno, sentían felicidad, hacía tanto tiempo… Se pusimos al día rápidamente y empezaron a ocuparse el uno del otro, con llamadas, charlas por el chat, etc se animaban y consolaban en la distancia, pero era como si estuviéan juntos en una velada de copas de vino y chimenea, viendo llover por la ventana y en el suelo tapados con una gran manta. Todo era absolutamente limpio, sincero, inocente; o así lo imaginaba ella.

Fue en un viaje donde notó que se alejaba, que sus palabras ya no trasmitían el calor y la amabilidad de antes, por lo que ella volvió a meterse en su concha para no sentirse dañada. Cuando él regresó hubo una explicación y volvieron a sentirse unidos dentro de la distancia que los separaba. No volvieron a verse aunque sí hablaban. Entonces ella despertó sin saber si era un sueño o realidad y esperando poder volver a sentir lo que hacía tiempo que se le escapaba entre los dedos: el calor de la complicidad.