Buenas noches:

Muy mal, sé que lo estoy haciendo muy mal. Ayer tenía yoga pero como cambiaron la clase de hora, decidí que no iba; hoy tenía aquarunning pero como salí tarde del médico no pude ir, y  así sigo, cogiendo kilos sin parar, porque claro, como voy yo a dejar de comerme por las noches los helados de vainilla con nueces de macadamia, ja. Bueno, que antes de estar tan medicada me comía uno cada noche y no engordaba ni un gramo; ahora los huelo en la nevera del supermercado y cojo dos kilos por lo menos. No, en serio, menos mal que ahora conseguí bajar el ritmo, me como uno o dos a la semana. El problema es que no camino nada de nada. No salgo de casa salvo para ir al médico, ir a la piscina, reuniones o partidos de los niños, yoga y punto. Me vendría muy bien ir a caminar, pero sola en un entorno conocido tiene que ser de día, todavía no me atrevo de noche, pero de día es que me pongo a escribir, y como estoy disfrutando tanto escribiendo (nunca se me hubiera pasado por la cabeza algo así) pues no salgo de casa. Ya empecé diciendo que lo estaba haciendo muy mal.

Bueno, hoy ha sido un día a ratos diferente. Tuve médico por la mañana y fui totalmente preparada mochila al hombro, para ir después a aquarunning pero salí más tarde de lo esperado del médico y no en las mejores condiciones anímicas, así que me fui caminando -sola otra vez- desde la consulta hasta la oficina de Pablo para tomarme un cortado con él.  Casi todo el camino desde la consulta a la oficina lo hice llorando o hablando por teléfono -al teléfono también lloraba a ratos-. Pablo me dio unas indicaciones tan buenas que no me perdí: “sigue toda la calle recto”, lo que no quiere decir que el paseo fuera corto, la calle era muy larga, así que disfruté del sol en mi cara y en mis llorosos ojos durante unos veinte minutos. 

Mientras nos tomábamos el café hablamos sobre cómo me había ido en el médico y le dije que muy bien, que yo casi no había hablado, que le di algunos artículos del blog para que supiera cómo me sentía y que ella tomó nota y lo hablaríamos el próximo día. También es cierto que lo poco que hablé o que le di a leer, no sé por qué, me emocionó, y que la soledad de la calle hizo que rompiera a llorar otra vez. Tenía miedo a perderme, miedo de las personas que pasaban, miedo de no darme cuenta y cruzar en rojo, miedo de, joder de qué!!!; el caso es que tenía miedo y estoy empezando a entender que eso no es muy fácil de combatir. Pondré de mi parte más, pero qué inseguridad tan grande, qué despiste en la calle, qué desorientación, y lo que más vergüenza me da admitir, qué desconfianza hacia las personas; lo sé, horroroso, personas que están paseando, que están trabajando o haciendo lo que quieran y yo, con qué derecho desconfío de nadie? Habrá alguna explicación para eso? Me da mucha pena, de verdad, mucha pena y mucha rabia. Me miran cuando voy por la calle, cómo no me van a mirar si voy llorando, sorbiendo mocos y tambaleándome; joder que los que tendrían que tener miedo son ellos!!!.

Después del cortado volví a casa en taxi y le pedí al taxista que por favor tuviera cuidado con los aromas que ponía en el coche, que podían ser sumamente molestos para personas enfermas. Él me lo agradeció y me prometió que cambiaría por un olor cítrico que no molesta tanto, porque no podía dejar de poner algún aroma. Bueno, que me lío, llegué a casa, he de confesar que echaba de menos a mis peludos y me puse cómoda para meterme con ellos en el sillón y ponerme a escribir. Reconozco que haciendo esto siento mucha felicidad. 

Cuando Pablo llegó, almorzamos y él bajó a buscar a Inés mientras yo caía en los brazos de morfeo. Estaba dolorida, incómoda y tenía frío pese a estar tapada con manta y tener a mis perros pegaditos a mí. Luego llegó Inés y ya sólo hubo oportunidad de escucharla, ver los dibujos con ella, ducharla, darle de cenar, y aquí la tengo, dormida en mi cama como ahora acostumbra a hacer.

Soy consciente de que la vida va pasando y de que aún soy una persona joven, pero reconozco no encontrar ganas para salir salvo para cosas muy, pero muy puntuales y siempre acompañada. Seguiré luchando para que esta Fibromialgia no me lleve por delante. Hoy puedo decir, después de varios días ganando ella las batallas, que hemos empatado. Hoy me siento orgullosa -salvo de temer a las personas que están en la calle- de lo que he hecho; hoy puedo decir que cada día me voy abriendo un poco más y soy capaz de sacar fuera de mí cosas que de una manera u otra me habían hecho daño.

Dicen que el primer paso es conocer lo que te pasa, el segundo es entender que te pasa y el tercero es perdonarte. El tercero es más complicado, sigo sintiendo una opresión en el pecho cuando recuerdo ciertas cosas que he hecho o que he dejado de hacer, que he pensado o que he dejado de pensar de mí; ahora, cuando mi cuerpo y mi mente dijeron “basta” es cuando he tenido la valentía de mirar para mí y dejar de cuestionarme y de exigirme tanto, he tenido la valentía de mirar para mí para entender y ver la persona que soy, intentar entender por qué e intentar asumir que no hay marcha atrás, que las cosas han pasado como han tenido que pasar y que ahora tengo el futuro en mis manos. Con el tiempo lo conseguiré.

Gracias por leerme, les mando besos y abrazos de algodón y les ruego que compartan para poder ayudar a más personas.