Buenos días:

Hoy vuelve a haber lluvia y humedad, con lo que eso implica, pero la verdad es que, aunque dolorida, no lo estoy tanto como ayer. Sigo teniendo las manos y los pies fríos, los tobillos a punto de partirse, la mandíbula dolorida, pero hoy me siento mejor. Anoche volví a no dormir por lo que ya empieza a ser “urgente” que hable con mi médico para ver si lo podemos solucionar de alguna manera. 

De repente se subió a aquel tren. No era el que tenía que coger pero como un desconocido la seguía sintió miedo y se subió al primero que encontró. Se sentó en el vagón comedor al lado de la ventana. Por ella podía ver la cerrada noche oscura donde empezaron a perderse sus pensamientos. Su mente vagaba de un lugar a otro hasta que encontró un sitio donde alojarse, en el apasionado primer beso que había compartido con la única pareja que había conocido hasta ahora. Se recreó largo tiempo en ese beso mientras su sexo se humedecía recordando. Notó el calor que le invadía la cara y el rubor que subía a sus mejillas. El corazón palpitaba cada ver más deprisa y notaba como empezaba a hacer un sutil movimiento con todo su cuerpo acariciándose con la cruz de su pantalón. Todo su cuerpo se erizaba al compás del movimiento. Sabía que debía parar, pero no podía. La situación de huída que había vivido momentos atrás le había transportado al recuerdo de la persecución previa a ese primer y apasionado beso, por lo que todo lo vivido esa noche le llevó a revivir la exitación que ahora se prolongaba en ese erróneo tren.
Siguió meciéndose consigo misma sin darse cuenta de que no se encontraba sola, pero las luces del vagón comedor eran ya muy tenues, sólo para almas solitarias que allí acababan para comenzar el viaje a su destino. Se mecía y cada vez sentía más humedecido su sexo, sus labios estaban hincados por el flujo de sangre que corría por ellos, su cara comenzaba a tensarse y sus senos a endurecerse mientras sus movimientos se iban acelerando casi sin darse cuenta. Sus pezones podían percibirse a través de su camiseta húmeda por la humedad que había en la noche de su persecución. Seguía su rítmico movimiento acompasado al del tren y llevándola a un estado de placer olvidado mucho tiempo atrás. Ese estado en el que entras y donde sabes que ya estás perdida, que ya llega el momento, que ya llega la explosión de tu cuerpo; fue entonces cuando con la cara descompuesta por el placer levantó la cabeza, abrió los ojos y lo vió allí, sentado frente a ella estaba el corpulento hombre que la perseguía. Él la miraba con cara de placer y de estar disfrutando con la escena que en ese momento contemplaba. Ella sólo pudo admirar un instante su hermosa cara y su robusta figura antes de estallar en un ahogado grito de placer contenido. 

Así fue como lo conoció y nunca más quiso volverlo a ver.

                                                                                                                                                                                                             María Díaz

Gracias por leerme. Les envió besos y abrazos de algodón.