Nunca llegó tarde porque era muy puntual; nunca llegó tarde y tampoco temprano ya que hubiera supuesto la misma impuntualidad. El día en el que se desarrollaron los acontecimientos estaba sentada en la cafetería que se encuentra en frente de sus clases particulares; va a clases de inglés porque es el futuro idioma importante o algo así decía su padre. En la cafetería había pedido un vaso de leche caliente, porque el frio que hacía en la calle cortaba hasta el habla, y un bocadillo de tortilla. Mientras merendaba solía imaginar las diferentes vidas de la gente que paseaba o pasaba por la calle. Era una chica muy observadora, por lo que no le extrañó que aquel señor estuviera sin chaqueta, con el frío que hacía, cargando aquel enorme cofre. Empezó a volar su mente hacia las monedas de oro que llevaba aquel cofre, encontradas en lo más hondo del Mar Cantábrico. Allí había hundida una goleta de piratas que había naufragado hacía más de quinientos o seiscientos años.

Cuando se quiso dar cuenta y salir del sueño en el que se había aventurado, ya era tarde. Era la primera vez que iba a llegar tarde a las clases particulares. Pagó la merienda y salió corriendo como alma que lleva el diablo, llegó al portal del que había salido el cofre de su retraso, tocó el timbre y una voz agitada contestó, haciéndola pasar de inmediato. 

-Te pasa algo? Preguntó al llegar arriba. Margaret, que era su profesora, le contestó

– Pues sí Minerva, no me tienes acostumbrada a llegar tarde y me tenías muy preocupada. Estaba a punto de llamar a tus padres. Minerva comenzó a explicarle que no sabía lo que había pasado, que estaba, como siempre, inventando historias o vidas para las personas que pasaban delante de la cafetería y…

Margaret la interrumpió sofocada y aún sin aliento, da igual, con lo tarde que se ha hecho, si encima me cuentas las anécdotas no damos nada de clase. Comenzaron entonces la clase mientras Margaret fue volviendo poco a poco a su estado emocional habitual. Nunca la había visto tan disgustada, pero es que nunca había llegado tarde. A la hora de terminar volvió a pedirle disculpas a Margaret y ésta, más tranquila, la disculpó.

La semana pasó como todas las semanas, aburridas clases, juegos en el recreo, deportes a la salida hasta que llegó el día de la clase de inglés. Volvía a estar en la cafetería merendando y diciéndose a sí misma que no volvía a llegar tarde, cuando se percató de que había mucho movimiento en el edificio donde vivía Margaret. Cuando acabó la merienda, fue directamente al edificio. No le hizo falta tocar, porque la puerta la mantenían abierta dos policías esperando a que bajaran los dos que estaban en la puerta del piso de Margaret. Subió corriendo las escaleras y la vio en la puerta hablando con ellos. Ah! Estás bien. Vi a esos policías ahí y pensé que pasaba algo. No Minerva pasa, estos señores ya se iban.

-Una cosa, dijo el policía más joven, tú vienes siempre a los mismos días de la semana y a la misma hora?  -Sí, respondió Minerva.

-Notaste algo extraño la semana pasada? 

-La semana pasada fue el día que se me hizo tarde -pero es que vi a un señor salir sin chaqueta con el frío que hacía, aunque lo entendí porque transportaba un enorme cofre- y llegué a clase como con quince minutos de retraso.

-Un momento, le preguntó el mismo policía, con un cofre grande? -Enseguida Margaret intervino intentando explicarle a los policías que Minerva tenía mucha imaginación y que a veces le juega malas pasadas. Minerva la miró y le dijo, – te acuerdas que, con lo tarde que era no pude contarte la historia? Pues bien, llegué tarde porque vi a ese señor sin chaqueta salir del edificio portando un enorme cofre, por lo que empecé a imaginarme que estaba lleno de monedas de oro de los piratas del Mar Cantábrico y por eso llegué tarde a la clase, porque se me fue el tiempo imaginando toda la historia y como el hombre sin chaqueta había pagado un millón de euros para obtener su botín ya que era coleccionista.

El policía sacó un par de fotos de su chaqueta y enseñándoselas a Minerva le preguntó que si era alguno de los hombres de las fotos. Minerva, casi sin pestañear, señaló al hombre identificando claramente al individuo que estaban buscando. Fue entonces cuando Margaret estalló en un histérico llanto contenido y hablaba casi sin respirar. Hablaba tan deprisa que no se le entendía, así que los policías, que ya sabían el porqué de su llanto, la hicieron sentarse y tranquilizarse. Cuando consiguió articular palabra les dijo que el hombre al que buscaban era su hermano, que había salido de la cárcel y que la había buscado, que mató al otro hombre de la foto aquí mismo y lo metió en un cofre que tenía en la habitación. Que bajó el cofre mientras ella limpiaba lo manchado de sangre como él le había dicho y que cuando se dio cuenta, él ya se había ido desapareciendo con el cofre.

Entonces el policía llamó a su jefe informándole de lo que había confesado la hermana del presunto delincuente. El jefe le dijo que detuvieran a la hermana que ellos ya sabían dónde encontrar al sospechoso y que él les contaría dónde estaba el cofre escuchando la declaración de su hermana.

Margaret miró a Minerva con los ojos llenos de lágrimas y le pidió perdón. Minerva le dio un beso en la mejilla y le dijo que estarían en contacto y salió por la puerta sin entender por qué le pedía perdón, si había sido uno de los días más interesantes de su corta vida. El policía le pidió la dirección y el número de teléfono de los padres porque tendrían que.  Hablar con ellos para que ella pudiera prestar declaración. Asintió con la cabeza y bajo los escalones de dos en dos divertida y encantada con lo que había vivido.

Mientras Margaret fue esposada y llevada al coche de la policía para dirigirse a la comisaría. En el coche, las lágrimas bajaban por su rostro amontonándose en la comisura de los labios. A medida que el coche cogía velocidad, Margaret empezó a entender la importancia que tenía escuchar a los niños. Si ella hubiera escuchado la semana anterior la historia de Minerva, sabría qué era lo que la niña había visto y podía haberle contado alguna historia o no haber hecho que la policía viniera a esa hora como les propuso.

Minerva iba caminando hacia su casa y pensando en todo lo que había vivido. En su mente recordaba al hombre sin chaqueta de la semana anterior, recordaba el cofre, recordaba la historia que había inventado con esos dos elementos, en la policía en el portal de Margaret, en los policías que hablaron con ella, en sus respuestas… Todo esto la maravillaba y en su mente empezó a vislumbrar la idea de ser detective privado.

                                                               María Díaz