07 de febrero de 2017

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Buenas noches:

El día hoy amaneció raro, hacía frío pero empezaba a lucir el sol, Yo me levanté tarde, muy cansada y dolorida, creo que por la humedad. La verdad es que mi cuerpo últimamente me está acompañando bien poco, hasta el punto de permanecer bastante tiempo sentada o acostada. Por otra parte me gustaría volver a coger la costumbre de caminar, pero no lo hago, no sé qué es lo que me pasa, sigo permaneciendo aquí, absolutamente desanimada, intentando poner buena cara a la familia pero viendo que todo se está resquebrajando. No van bien las cosas, no es fácil darse cuenta de ello y actuar, siempre dejas un espacio a ver si se va poniendo todo en su sitio, pero pasa y pasa el tiempo y nada se coloca porque hasta el portavelas lo tiene que colocar alguien.

Me siento triste. Triste y sin ganas, que es lo peor; la desidia ha tocado en mi puerta, le he abierto y se ha sentado tranquilamente a comerme el espacio vital que tengo. No sé cómo se llama lo que estoy viviendo, lo que sí tengo claro es que no lo quiero vivir. En este momento, los proyectos que había apoyado y por los que estaba luchando se van cayendo a pedazos sin más y no tengo manos ni ganas de ir cogiendo los trozos para reconstruirlos. Siento una especie de saturación que no me deja salir adelante; me tiene estancada y me agobia de una manera tal que todo lo estoy supliendo con la comida. El chocolate es mi alimento número uno y como encima no me estoy moviendo, los kilos se están acostumbrando a estar en mi cuerpo y parece que llaman a los demás para que vengan a quedarse.

Yo recuerdo que antes tenía una vida; me acuerdo perfectamente porque tenía la sana costumbre de vivirla. Ahora no siento que la tenga, sólo veo cómo pasa el tiempo y yo lloro, lloro y lloro. A veces escribo, pero luego pienso en lo que he construido y todo se queda en nada. Lo único que si es cierto y es lo que me mantiene de pie son mis hijos, mis pequeños, que se hacen grandes y que me dan tantas alegrías como alguna pena.

Ya no encuentro aliciente para nada más. Para nada más. Creo haberme dado a las causas que encontraba justas y de repente me siento absolutamente sola, sola con mi soledad; esa soledad que se va metiendo en el alma y que va haciéndose dueña de tu ser; esa soledad que te recuerda que no eres mas que un número en este nuestro mundo capitalista y donde las personas van pasando por tu vida y siguiendo de largo, porque tu vida es tuya y nadie se queda para siempre. Es una soledad diferente a la elegida, es una soledad cuando estás en medio de un bullicio de gente, cuando ves que gritas en medio de una céntrica calle de Nueva York y que nadie te escucha, nadie te mira, nadies se preocupa por ti;: es esa soledad.

No recuerdo cuándo se acabó mi vida; creo que yo no estaba presente y no me enteré, creo que me despisté unos segundos que se hicieron años y que me han pasado una factura espectacular por seguir ocupando el espacio de alguien a quien la vida se le había escapado entre los dedos de las manos. No recuerdo un sólo momento de felicidad que no estuviera ligado a alguno de mis hijos; no recuerdo ningún momento de felicidad de cuando era niña, ni de cuando era adolescente; pensé que ahora podría encontrar alguno, pero la vida me recuerda constantemente que qué hago aquí, que este no es mi sitio, que el dolor que siento en mi cuerpo es el dolor que mi alma expresa por no tener nada de la vida que tenía. Nada de la felicidad que pudiera merecer en caso de que cada ser humano mereciera un trozo de felicidad, pero está claro que no es así, que la felicidad está reservada para unos pocos que la sienten.

Yo sólo espero que mis hijos tengan recuerdos de felicidad, que tengan felicidad en sus futuros y que nunca sientan la lucha diaria que tengo por aparentar ser feliz para que ellos salgan adelante sin ningún tipo de trauma. Me gustaría que recuerden a su madre como una persona luchadora y que los ayudó a salir adelante dándoles lo mejor de ella. Me gustaría tanto que me recordaran. Vuelvo a la misma pregunta, a dónde se fue mi vida? no recuerdo que se despidiera ni nada por el estilo. Creo que se fue cuando entró en mi el dolor insaciable que recorre mi ser día y noche y que no me deja ni si quiera en el cumpleaños de mi hija. Ese dolor con nombre y apellidos que mata cualquier posibilidad de levantar la cabeza para salir adelante. Ese dolor con nombre y apellidos….

Gracias por leerme, les mando besos y abrazos de algodón rogándoles que compartan para poder ayudar a más personas.

María Díaz