25 de febrero de 2017

Buenas noches:

Dolor. Dolor era lo que ella, tras su tranquilo semblante, sentía en su interior, un interior destrozado y maltratado por los años, un interior de esos de los que han visto mucho mal y mucha humillación como para sentir las ganas de demostrar en su tersa cara lo que sentía en ese momento. Él se iría tarde o temprano, así que mejor temprano que tarde. La vida ya no era igual a su lado, la vida se había vuelto un sinfín de discusiones, pataletas, engaños, falta de aclaraciones, etc. La vida se había vuelto gris, absolutamente gris; un gris de esos que sólo tiene al negro como color más oscuro que él, así que ella creyó que ya era la hora de dejar de dañarse.

Su cara se mantenía aún joven; su piel no era tan tersa como hace años, pero estaba en buenas condiciones. Su cuerpo, maltratado por los embarazos pero devuelto, más o menos, a su sitio podía disimular un alma tocada por las vicisitudes de la vida; tocada por la incomprensión, por el silencio, por la pobreza, por los abusos, por la falta de cariño y la falta de cuidados que necesitó.

Ahora ya estaba; ya estaba segura de que necesitaba mejorar como persona, como madre, como amiga, como enferma, como hermana. No, ya no estaba para sufrir más que lo que su enfermedad le iba a hacer pasar. Ella sabía que iba a ser un calvario, que iba a ser muy complicado y lo único que intentaba era conservar las pocas fuerzas que le quedaban para terminar de ayudar a sus hijos, que aún la necesitaban mucho por sus cortas edades. Para ella era muy importante, muy importante poder ayudarlos a crecer y en su andadura por la vida, pero sabía que esto no iba a ser fácil ya que la ferocidad de su enfermedad era tal que ha encontrado a muchas personas abandonadas por la misma y, aunque eso no es que no la dejara vivir, si era una melodía que sonaba cada día en sus oídos.

Es lo que me ha tocado vivir, pensó mientras se acercaba a la ventana y veía el tiempo pasar en el reloj estratégicamente colocado en la esquina del parque donde, cuando eran más pequeños, sus hijos jugaban con sus sobrinos y con sus amigos. Es lo que me ha tocado vivir pero no lo quiero y, aunque sé que no me puedo resistir, también sé que debo luchar por mí, por los más pequeños, que no sabrán entender por qué pasará lo que pasa y por qué su madre se va diluyendo como el agua en el alcohol; quién se los va a saber explicar? quién les dirá quien fue un día su madre? quién les explicará que los amaba más que a nadie en el mundo pero que su enfermedad no le permitió seguir adelante en óptimas condiciones?

Sólo espera que en algún momento se descubra lo que esta enfermedad es, que se descubra sin lugar a dudas y con pruebas médicas que existe, que no es que su madre se quejara de vicio ni por molestar. Sólo espera que la vida, en algún momento, haga justicia con ella.

María Díaz