24 de marzo de 2017

Eres tú quien cultiva en el huerto de tu mente

Buenos días:

Lo siento mucho, pero es la tristeza lo que hoy me embarga; una tristeza con una crudeza tremenda; una tristeza porque, aunque ya debería estar más que acostumbrada, me voy a clase de Yoga y soy incapaz de seguir el ritmo. Ya, ya sé que es normal; ya sé que tengo suerte de poder ir a la clase por lo menos; ya sé que soy afortunada por poder levantarme cada mañana de la cama y hacer lo que se parece a una vida; pero no me acostumbro. No me acostumbro a sentir este dolor en el cuerpo; no me acostumbro a sentir este bloqueo mental continuo; no me acostumbro a verme cada día en el espejo y ver cómo la vida me ha hecho cambiar tanto y tan rápidamente. Me miro al espejo y no me conozco, no conozco mi cuerpo que sigue creciendo cada día sin poder tener fuerzas para ponerle solución; no me acostumbro a él, y lo peor de todo es que no quiero acostumbrarme por lo que siento una frustración tremenda. Ya sé que puede parecer una frivolidad después de todo lo que sufrimos con esta maldita enfermedad, pero es así, seré una frívola, pero es así, no quiero verme, no quiero mirarme ni que me miren, no quiero que las personas que me conocían antes me vuelvan a ver. Yo no sé si alguien más se ha sentido o se siente así, pero para mí está siendo una tortura.

Cuando voy a la clase de yoga voy absolutamente motivada y contenta, pero cuando veo que de lo que podía hacer ahora ya no puedo, me siento un juguete roto. Me siento un cero a la izquierda y no sé cómo dejar de maltratarme tanto. Yo, que soy una persona absolutamente positiva para el resto del mundo, yo que intento ayudar a quien se me pone por delante, yo que intento luchar cada día por intentar ser positiva y decirles palabras que siento hacia los demás, palabras de aliento, que tratan del amor propio, que tratan de la motivación, que tratan de lo que debemos hacer para salir adelante jugando en el mismo equipo que nuestra mente. A veces me siento un fraude porque les hablo, les animo, y les intento motivar para vivir de una manera sana y tolerando los cambios que la fibromialgia y la fatiga crónica han hecho en nuestros cuerpos y en nuestras mentes, pero hay días en los que yo no soy capaz de sentir ni un gramo de amor por mí o por mi cuerpo. Ni un gramo de comprensión por lo que esta enfermedad está haciendo conmigo y con toda mi familia; yo…

No sé cómo seguir adelante, no sé cómo comenzar a amarme -si es que alguna vez lo he hecho- ya no sé cómo callar al maltratador que hay en mi mente, cómo decirle que se vaya, cómo caminar sin él, porque no sé hacerlo, no sé ir feliz por la vida porque nunca he sentido felicidad salvo los momentos en los que vi por primera vez las caras de mis hijos. Eso si fue felicidad. Ahora me doy cuenta de que jamás me sentí ni remotamente cerca de esa sensación y por eso, cuando algo parecía que me hacía sentir bien, mi cerebro me engañaba deseando que se llamara felicidad lo que estaba sintiendo, pero no era así, y si esto es madurar, si madurar significa darse cuenta de que equivocaste todo lo que sentiste y de que la realidad, tu realidad, es otra, pues entonces qué gracia tiene esto? qué gracia tiene saber que posiblemente te vas a encontrar sola en la vida ya que ni tú ni ningún otro ser humano te van a aguantar a ti, a tus cambios y a tus horrores, a tus necesidades y a tus demandas.

Es duro que sea gracias a una enfermedad que te das cuenta de que tu vida ha sido una absoluta mentira; que tus sentimientos han estado siempre escondidos en un lugar en el que jamás se te ocurrió mirar y al que no supiste acceder para explicártelos a ti misma. Es duro darle a la fibromialgia el lugar que le corresponde y es el de estado de alerta ante las situaciones que vives. Es un termómetro que a cierto tipo de personas les hace poner el mercurio al máximo, pero siempre para antes de que explote. Es duro tener que darte cuenta gracias a ella de que tu vida ha sido vivida por una persona a la que tú no conoces ya que tú no has tomado las decisiones de forma coherente porque has estado siempre confundida por algún motivo; en mi caso, el motivo era la falta de una familia que me diera seguridad y que me hiciera sentir felicidad. Una familia en la que hubiera cariño y colaboración, donde todos fueran una piña con sus más y sus menos. En nuestro caso todo era menos. Es triste que esto te desconecte tanto de tu propia realidad que hasta te confunda de lo que sientes y no te permita darle un nombre correcto a tus sentimientos y vivezas. Es muy triste,

Gracias por leerme, les mando besos y abrazos de algodón rogándoles que compartan para poder ayudar a más personas.

María Díaz.