De repente lo supo, le había engañado. No se encontraba en el lugar indicado a la hora precisa, él ya estaba muy lejos; tan lejos que era imposible que ella pudiera imaginar el sitio, el lugar de su huida, pero lo más que a ella le atormentaba era el por qué. Por qué la había engañado; por qué había huido sin ella; por qué habían vivido esas tórridas noches de pasión si no la amaba; por qué.

Como diría Sabina “y la vida siguió como siguen las cosas que no tienen mucho sentido”. Para ella su existencia se había convertido en un calvario dentro de una elegida soledad por la desconfianza que había echado raíces en su corazón. Se movía deambulante del trabajo al oscuro piso interior de la zona de Chamartín donde lo único que hacía era fumar y beber un licor de “cuyo nombre no puede acordarse”.

El paso de los años la había convertido en una mujer agria y desconfiada, que se limitaba a malvivir llenando la cabeza de recuerdos y de lo que podía haber sido. Como única compañía la que encontraba en algún lúgubre bar de vez en cuando, a quienes nunca dejaba que durmieran en sus mugrientas sábanas. Esa fue su vida hasta que un día todo terminó. Se armó de lo que ella creía que era valor y, subiendo a la azotea de su edificio cayó al vacío intentando dejar de recordar quién era antes de que él “le robara su mes de abril”.

Gracias

María Díaz. 28 de mayo de 2017