Decir que lo añoraban, era decir demasiado. Nunca habían hecho buenas migas con él pero también era parte de la familia, por lo que tuvieron que avisarlo cuando su padre murió.

Él no sentía ningún apego por aquella panda de engreídos y maleducados familiares entre los que había de todo tipo de parentesco. Su madre, la mayor farsante del mundo de la costura, la que robaba los proyectos de los buenos diseñadores con sus argucias femeninas, le había extendido una invitación al sepelio de su padre, el mayor magnate de las pasarelas y el que imponía la moda según su criterio.

Su vida no había sido sencilla. Su vida había sido más bien una vida sin vivir; una vida donde los tonos tornasolados eran mucho más importantes que las notas que él traía del colegio; donde el corte recto acabaría por eclipsar su pasión por el baloncesto no permitiendo a sus padres asistir a ningún partido que jugaba en el colegio; una vida donde los maniquíes cobraban luz y color dejando al margen cualquier sentimiento, anécdota o aventura vivida por él. Y ahora se encontraba allí, en aquella casa donde lo habían torturado desde bien pequeño. Ahora se encontraba cerca de sus arrogantes tíos y primos; cerca del único amor que tuvo en la vida y de quien jamás se desveló su nombre.

Causó tal expectativa su llegada que no tuvo más remedio que saludar con un leve movimiento de cabeza después de quitarse el sombreo. Cuando se abrió paso entre la muchedumbre consiguió llegar a los restos de su padre y mirándolos pensó: “-metido en esa caja no das tanto miedo”. Miró dentro de la caja, levantó la cabeza y al encontrarse con la inquisitiva mirada de su madre tomó la decisión; se dio la vuelta y, casi sin mirar atrás ni a los lados salió por donde había venido, a él ya no se le perdía nada allí por lo que no quería seguir viviendo las apariencias que siempre le habían obligado a guardar.

Subido en su coche, un descapotable negro, y se marchó para nunca más volver. Fue entonces cuando encontró por fin la felicidad.

María Díaz