Abrió los ojos, pero no encontró lo que esperaba encontrar, ella ya se había ido. Se había ido dejando tras de sí el aroma que definía que no había sido un sueño. Cuando se levantó para ir al baño comenzó a recordar todo lo que había sucedido esa noche. Hacía tiempo que la deseaba; tanto tiempo que ya ni recordaba cuándo había sido el principio.

La mañana anterior se la encontró en el parque, tal como la recordaba. Se acercó a ella y la saludó como si le fuera la vida en ello. Ella lo reconoció al instante, nada más escuchar el acento y el timbre de voz. Ella lo reconoció y de repente su mundo se agitó de tal manera que el vértigo que sentía la hacía más vulnerable que nunca. Cuando era niña sentía prácticamente lo mismo, pero ahora, después de tantos años, ahora no podía dejar de temblar.

Cuando se acercaron al restaurante a cenar después de haber pasado todo el día juntos, pidieron lo primero que se les vino a la cabeza, porque no era la cena lo que querían sino lo que los dos sabían que tendrían después. La atracción era absolutamente irresistible, y ya comenzaban a ir acercándose el uno al otro. El vino dejaba entrever aún más las ganas que cada uno tenía del otro. Ella estaba absolutamente entregada y él no podía dejar de tocarla rozándola cada vez que la conversación lo permitía.

Lo inevitable sucedió así que acabaron en una humilde habitación de motel dándose para que el otro sintiera el mayor placer que jamás había sentido. Sería una noche inolvidable repleta de gemidos y sudor. Sería una noche inolvidable que quedaría grabada en la retina de los dos. Así que cuando él vio que ella ya no estaba comprendió que no la volvería a ver en la vida. Se quedaría con el agridulce sabor de haberla sentido sabiendo que jamás tocaría de nuevo su hermosa piel.