Despertábamos de aquel letargo cuando el cielo se tornaba en tonos rosas y naranjas. Vivimos aquel momento como si no fueran a pasar más cosas en el mundo. Vivimos aquel momento como si no fuésemos a volver a vernos; vivimos aquel momento de la única manera que se puede vivir, con la realidad pegada a tu cuerpo.

Era cierto que no volveríamos a vernos; era cierto que pasaríamos el resto de la vida separados; separados pero sabiendo que no pasaría ni un sólo día sin saber el uno del otro. Nos amábamos; nos amábamos de la única manera que sabíamos, de forma pasional y sincera.

Después de la última mirada de amor mezclada de pasión se dio la vuelta y se marchó. No podíamos seguir adelante por más amor que sintiéramos. Aquello era el final; la crónica de una muerte anunciada.

María Díaz