Si mirabas por la ventana podías ver cómo la lluvia era la protagonista de la una tarde fría y oscura. Pasaban las horas y seguía sin llegar; no tenía noticias suyas desde la madrugada pasada, cuando la despertó una llamada diciéndole que se encontraba en peligro. Realmente, la voz que sonaba al otro lado del teléfono, sonaba aterrada, por lo que a ella no le cabía ninguna duda de que no se trataba de ninguna broma.

Los minutos parecían horas y las horas días, pero seguía sin tener noticia alguna sobre cómo se encontraba él; la única persona que le había hecho sentir que estaba viva y que le había enseñado a explorar toda su anatomía encontrando en ella los mayores deseos jamás pensados por una mente aniñada. Una mente a la que habían entrenado para ser responsable y cuidadora de los demás seres que vivían en el mismo orfanato. Una mente que soñaba con ser bailarina y que ansiaba, por encima de todo, su libertad.

Él representaba esa libertad que ella quería alcanzar, por lo que cayó rápidamente rendida a sus encantos dejando paso al primer amor verdadero de su historia; sería el último? eso no era capaz de saberlo, pero a medida que el tiempo pasaba, sentía su cuerpo un poco más descompuesto y más frío. No podía pensar su vida sin él. No quería. No se imaginaba viviendo sin su compañía y sin sus caricias…

El tiempo seguía pasando y pasando. De repente se oyó cómo alguien metía la llave en la cerradura; ella no pudo más que sentir una enorme excitación y un miedo que no le permitía avanzar. Se abrió la puerta y pudo ver un sombrero y una gabardinas negros. Lo siguiente fue un enorme estruendo y algo que le atravesaba el pecho.

Dejó de sentir miedo sabía que ya no iba a vivir sin él, es más, sabía que ya no iba a a seguir viviendo. Cerró los ojos y descansó sabiendo que él la estaría esperando allá hacia donde ella se dirigiera, cerró los ojos y, en silencio se despidió de todos los que la conocían; cerró los ojos y murió.

María Díaz.